Las técnicas mineras entre la Prehistoria Reciente y el fin de la Antigüedad
Las áreas mineras de Almadén, Valle de Alcudia-Sierra Madrona y Puertollano constituyen uno de los conjuntos geológico-mineros más significativos de la península ibérica. Su riqueza en minerales metálicos –cinabrio, plomo, cobre, hierro– y combustibles fósiles –carbón y pizarras bituminosas– ha determinado una ocupación extractiva casi continua desde la Prehistoria Reciente hasta finales del siglo XX. La evolución de las técnicas mineras refleja tanto los avances tecnológicos de cada periodo como la progresiva institucionalización de la actividad extractiva dentro de los marcos político-económicos dominantes en cada momento histórico.
La etapa más antigua del beneficio minero se remonta al periodo Neolítico y está relacionada con la explotación del cinabrio de Almadén. Las aportaciones más interesantes sobre la historia del aprovechamiento antrópico del cinabrio surgen hace unos quince años en el ámbito de la arqueometría, disciplina que aplica métodos fisicoquímicos al estudio de los restos arqueológicos. Estos análisis, especialmente los de carácter isotópico, han permitido comprobar que el cinabrio de Almadén llegó durante el Neolítico a lugares alejados, como Casa Montero (Madrid) o la Cueva de los Murciélagos (Zuheros, Córdoba). La aparición del pigmento rojo almadenense en contextos megalíticos del III milenio a.C. se multiplica en el ámbito andaluz (Montelirio, Castilleja de Guzmán, Sevilla; Belmez, Córdoba) y alcanza Extremadura (La Pijotilla, Badajoz), la Meseta Sur (Humanejos, Parla) y el centro y sur de Portugal (Santa Rita (Vila Real de Santo Antonio), Perdigôes (Évora).
Hasta el momento no se ha identificado poblamiento de época neolítica en el entorno minero de Almadén, pero sí de época calcolítica. Tampoco se dispone de evidencias sobre las técnicas mineras de estas fases prehistóricas, aunque parece razonable pensar que los trabajos se limitarían al beneficio de los afloramientos superficiales. En esta etapa de los primeros metalúrgicos y durante la Edad del Bronce se beneficiaron también los minerales férricos enfocados a la obtención del pigmento rojo empleado en las pinturas rupestres de estilo esquemático de Fuencaliente, la Sierra de la Virgen del Castillo (Chillón), Sierra de Cordoneros (Almadén), el área de Solana del Pino, entre otras.
Entre fines del Calcolítico y el inicio de la Edad del Bronce cesan las evidencias de uso del cinabrio en contextos rituales y funerarios peninsulares. En el ámbito incluido en nuestra ruta minera, durante la Edad del Bronce existen indicios indirectos sobre la explotación del cobre en lugares como Garbanzal (Brazatortas), conocidos por análisis de isótopos sobre objetos manufacturados del Bronce Antiguo en Granada y Almería, e incluso a larga distancia, ya a comienzos del I milenio a.C., como verifican los análisis sobre unas figurillas de bronce aparecidas en Cerdeña. Sobre el terreno, no disponemos por el momento de datos sobre las técnicas de extracción del mineral, pero sí se comprueba la existencia de un poblamiento de cierta densidad en estas comarcas en forma de asentamientos de altura, de ladera y en llano.
En el Bronce Final aumenta la frecuencia de hallazgos de cobre con marca isotópica coincidente con el valle de Alcudia, como evidencian algunas piezas del importante depósito de la Ría de Huelva.
Desde fines del siglo VIII a.C. y mediados del siglo VI a.C. volvemos a tener información indirecta de la explotación de recursos minerales en nuestra región. Ha aparecido cinabrio en bruto en contexto arqueológico en el yacimiento de La Bienvenida, donde se han identificado, incluso, evidencias de su manipulación para la obtención del pigmento rojo. Seguimos sin tener conocimiento sobre las técnicas mineras de esta etapa, cuyas huellas han desaparecido por efecto de los trabajos de épocas posteriores.
La llegada de Roma a estas tierras supone la primera explotación histórica sistemática y a gran escala de los recursos minerales de la región, que se mantuvo hasta el siglo II d.C. La explotación del cinabrio de Almadén gestionada desde Sisapo fue inmortalizada por Plinio el Viejo (NH 33, 118). El mineral viajaba a Roma en bruto, bajo precinto del Estado. En Guadalperal (Almadén), los ingenieros de minas describen en 1787 trabajos antiguos en forma de excavaciones desordenadas y una galería tallada a pico reforzada por muros de mampostería para la extracción de cinabrio. También en el siglo XVIII se identifican evidencias de explotación romana en la mina de cinabrio de Las Cuevas (Almadén), donde se habrían alcanzado los 100 m de profundidad con galerías repartidas en tres plantas.
En época romana, además del cinabrio, se beneficiaron las galenas argentíferas del Valle de Alcudia-Sierra Madrona y Almadén para la obtención de plomo y plata. Para la identificación de los recursos explotables se realizaba una prospección empírica basada en indicios naturales o en laboreos antiguos. Confirmada la presencia del filón mediante catas de reconocimiento, se elegía el método de explotación más adecuado: a cielo abierto (para yacimientos superficiales) o subterráneo (mediante pozos y galerías). La explotación superficial en rafas siguiendo el filón se ha verificado en La Romana de río Valmayor (Fuencaliente), La Romana (Almodóvar del Campo), Mina Candelaria (Almodóvar del Campo), Diógenes (Solana del Pino) y Quinto del Hierro (Almadén).
Las minas subterráneas contaban con pozos verticales y galerías de sección baja y estrecha, a veces reforzadas con entibaciones de madera o mampostería para evitar derrumbes. Se cuidaban aspectos técnicos como la ventilación (mediante pozos gemelos o sifones) y la iluminación (principalmente con lucernas). El desagüe constituía un problema crucial, solucionado con cubas manuales, galerías inclinadas, o ingenios hidráulicos como la noria, la polea con cangilones, el tornillo de Arquímedes y la bomba de Ctesibio. El abatimiento del mineral se efectuaba con herramientas manuales y, en ocasiones, con fuego para fracturar la roca. En la mina La Romana (Almodóvar del Campo) se identificaron trabajos roman os a 120 m de profundidad y en Diógenes alcanzaron los 170 m.